R Pomel

iniLa pintora catalana Montserrat Pomel, que estudió Bellas Artes en la Escuela de San Jorge de Barcelona, ha dedicado sus últimos años a la plasmación de naturalezas muertas de frutas que entroncan con la estética barroca de nuestro Siglo de Oro, fundamentalmente Francisco de Zurbarán con el que comparte su gusto por las texturas y la magnífica forma de tratar los paños definidos con precisión que linda el realismo más exacto y una cierta proyección volumétrica quizá debido a la formación escultórica de Pomel, que concita asimismo en sus obras el rigor con el que Van der Hamen construye sus bodegones en varios espacios escalonados.

También podemos atribuir a la artista barcelonesa su vinculación con Juan de Zurbarán, hijo de Francisco de Zurbarán y su primera esposa, María Páez, fallecido con 29 años en Sevilla víctima de la epidemia de peste bubónica, y que en los últimos tiempos ha conseguido ser considerado como uno de los bodegonistas españoles sobresalientes hasta el extremo que algunas de sus obras han rozado los tres millones de euros en licitaciones internacionales, destacando por su elocuente modernidad que marida la herencia paterna y los estilos holandés e italiano. El aire moderno de R. Pomel lo encontramos en los fondos monocromos, materializados en las acromías del blanco, los rojos y los elegantes negros.

Aunque posiblemente los bodegones tratados con delectación y excelente gusto por R. Pomel continúen
afianzando su protagonismo en las próximas citas de la pintora, en esta exposición de la galería
Fernando Pinós ya aparecen otros temas, como las figuras femeninas, semidesnudas o en poses aparentemente académicas sin desdeñarse un cierto tono erótico aunque seguramente algunos espectadores no estén de acuerdo con esta aseveración y defiendan más bien, con versos miguelhernandianos que estas hermosas muchachas se nos mueren “de castas y sencillas”.

También es de justicia mencionar el conjunto de dibujos de R. Pomel que se exhiben aquí, en los que se aprecia un significativo esfuerzo por transmitirnos la poesía de las pequeñas cosas. Unas ramas, unas flores y hasta el aire aparecen en estos soportes que incorporan morosamente la fragilidad de los aromas de la vida, esos que, cuando el tiempo se va consumiendo, permanecen como recuerdos de los sueños y los objetos que nos acompañaron en el trayecto.

CARLOS GARCIA-OSUNA

Escritor, Periodista y Crítico de Arte